dissabte, 12 de novembre del 2016

"El pastel de Caperucita", Remedios Saiz

Son las cinco de la tarde, en el interior del colegio empiezan a escucharse los gritos de los niños que ansiosos se disponen a salir. Las puertas se abren. Por ellas salen alborotados todos los alumnos. Entre ellos sale una niña pelirroja, a la que su familia llama cariñosamente Caperucita. En la calle, su abuela  espera impaciente abrazar a su nieta. 
Cogidas de la mano se dirigen a la casa de la abuela que está al final de la calle. Cuando se han alejado unos cientos de metros de la puerta del colegio, y la calle está desierta, se para un coche junto a ellas. Del interior sale un hombre malvado. Coge a Caperucita ferozmente del brazo y la introduce en el coche. La abuela grita con todas sus fuerzas mientras se abalanza sobre el hombre malvado. El hombre mete a la abuela en el maletero para que nadie pueda verla y sospeche de él.
Arranca el coche y se dirige a su casa que está situada en medio del bosque. Tiene que parar en un semáforo en rojo. Junto a él se para un cazador que va en moto. El cazador observa que en el asiento delantero va una niña llorando, “¡es Caperucita!”, piensa al reconocer que es la hija de su vecina. También oye los lamentos pidiendo ayuda de la abuela desde el maletero. Sospechando que la niña pueda estar en peligro, cuando el semáforo se pone en verde, decide seguir al coche. Al llegar a la casa esconde la moto entre la maleza y se acerca sigiloso. Cuando el hombre malvado está abriendo el maletero, el cazador le da un golpe en la cabeza que lo deja inconsciente. Le ata los pies y las manos para que no escape cuando despierte, y llama a la policía, que lo detiene. 
El cazador acompaña a Caperucita y a su abuela a la casa de la madre  de Caperucita.
-Mamá, mamá,...- grita Caperucita cuando ve a su madre.
-¿Que ha pasado? -le responde, mientras mira al cazador.
Caperucita le cuenta lo que han vivido. Pasan a la casa y mientras Caperucita y la abuela se sientan en el salon, la mamá de Caperucita le pide al cazador que le acompañe a la cocina
-¿Qué has hecho? -le recrimina la madre al cazador- éste era el plan del que te hablé para librarme de ellas sin que tú te implicases para recibir la herencia.
-Debiste avisarme -respondió el cazador.
-¡Bueno!... no te preocupes. Ve con ellas al salón. Mientras yo preparo unos bizcochos para merendar. Tú solo debes comer del que yo te ofrezca.
Transcurrido un rato, la mamá de Caperucita sale de la cocina con dos bizcochos de aspecto similar. Uno de ellos está emponzoñado con un veneno mortal que se lo ofrece a la abuela y a Caperucita. El otro se lo ofrece al cazador.
En un descuido de la mamá, la abuelita, que había escuchado que la mamá de Caperucita quería envenenarlas, cambia los pasteles. Y cada cual se come el pastel que se merece.

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